Las cabinas telefónicas desaparecerán a finales de año

Las cabinas telefónicas tienen los meses contados. En concreto, hasta finales de año. A partir de entonces formarán parte de las reliquias del pasado, de los objetos que nunca utilizaron los millennials o del decorado de la serie ‘Cuéntame’.

El icono está condenado a desaparecer ante su obsolescencia, víctima de la telefonía móvil. Posiblemente, millones de españoles utilizaron por última vez un teléfono público en tiempo de las pesetas, en el siglo pasado. Las cabinas estaban heridas de muerte desde hace muchos años, pero la puntilla se la acaba de propinar la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC).

En concreto, el regulador ha propuesto al Ministerio de Industria, Energía y Turismo que “revise la conveniencia de mantener estos elementos del servicio universal de las telecomunicaciones”. Y lo mismo ocurrirá con las guías de abonados, finiquitadas por la popularización de Google en los smartphones. Vista la situación, todo apunta a que el Gobierno mostrará el pulgar hacia abajo con el adiós definitivo que eso supone. En palabras llanas, la propuesta de la CNMC es el principio de una muerte que estaba cantada desde hace mucho tiempo.

Según explica el regulador, “el 88% de los consultados responden que nunca han utilizado las cabinas (Eurobarómetro 2014), lo que sitúa a España al nivel de la media europea”. Al mismo tiempo, la CNMC recuerda que “Francia decidió recientemente excluir las cabinas del servicio universal, lo que permitirá a Orange empezar a desinstalarlas”. Según otras fuentes, en la República Checa ya se eliminaron las 18.000 cabinas debido a la paupérrima recaudación que se obtenía. También es imposible encontrar cabinas en decenas de países del mundo, entre ellos Finlandia y en Jordania.

En el Reino Unido, British Telecom ya indicó que el consumo en sus cabinas había descendido el 80% en los cinco últimos años, porcentaje que relajó a la teleco en las tareas de reposición y mantenimiento. De hecho, durante años se vendieron las míticas cabinas rojas a cambio de 2.400 euros, para aquellos que quisieran decorar con ellas sus jardines.

El actual reglamento que rige la actividad de las cabinas establece que debe existir un teléfono público de pago por cada 3.000 habitantes en cada municipio de 1.000 o más residentes. También debe estar disponible las 24 horas de todos los días del año en “cada una de las localidades de menos de 500 habitantes en las que esté justificado, sobre la base de la existencia de una distancia elevada a facilidades similares, la baja penetración del servicio telefónico fijo, la falta de accesibilidad del servicio telefónico móvil o la elevada tasa de población flotante”.

La literatura jurídica ya precisa que las cabinas españolas deben disponer de iluminación nocturna, cierta privacidad y aislamiento acústico. También tienen que incorporar una pantalla electrónica que indique el número marcado, el crédito mínimo exigido y el saldo disponible, así como de sistemas ópticos y acústicos de aviso de finalización del crédito.

Todo lo anterior cuesta dinero. En España lo pagan los tres principales operadores (Telefónica de España, Telefónica Móviles, Vodafone y Orange) a través del denominado Servicio Universal. En 2013, el importe alcanzó los 19,5 millones de euros, aunque en dicha factura también se incluye el coste de garantizar que todos los usuarios puedan disfrutar de acceso a la red telefónica pública fija desde cualquier ubicación geográfica y a un precio asequible. Sólo las 25.820 cabinas que sobreviven en todo el país generaron un coste de 1,2 millones de euros en 2013.

La responsabilidad corresponde a Telefónica y su filial TTP (Cabitel). Esta última empresa se encarga de desmontar las cabinas víctimas de actos vandálicos, para luego transformar sus materiales en chatarra y reciclar su vidrio y aluminio.

¿Alguien las usa?

Con más de 50,7 millones de líneas móviles en España, parece poco probable que alguien vaya a buscar calderilla en su bolsillo para contactar con alguien con la ayuda de una cabina. En un análisis realizado por la revista de Tecnología de elEconomista ya se apuntaba a finales de 2016 como la fecha de probable extinción. También se recogían las declaraciones de un joven universitario que nunca ha utilizado este servicio. “Antes que acudir a una cabina, prefiero pedir el favor a cualquier transeúnte para realizar una llamada de urgencia a través de su móvil”.

Este redactor presenció días atrás como un usuario de móvil utilizaba la cabina para conversar con su terminal aislado del ruido de la calle. Ya nadie se acuerda de los tiempos en los que había que utilizar fichas para conversar en los que las cabinas eran las reinas de las calles, con permanente demanda en facultades, institutos, ministerios y cuarteles.

La reconversión ya está en marcha. En Estados Unidos se utiliza el emplazamiento de las cabinas para colocar antenas de telefonía y de WiFi. Hay más de 13.000 hotspot solo en la ciudad de los Rascacielos en los mismos si

Fuente: elEconomista.es

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